Durante años pensé que era normal.
Que así era la vida.
Que una madre… y luego abuela… simplemente da.
Siempre da.
El día que entendí todo
Ese día…
mi nuera dejó los platos en la mesa.
—Luego los lavas —me dijo sin mirarme.
Mi hijo…
ni siquiera levantó la vista del teléfono.
Y mi nieto…
me llamó:
—¡Abuela, ven! Quiero jugo.
Me quedé de pie en la cocina.
Con las manos mojadas.
Y el corazón…
vacío.
La frase que lo cambió todo
—¿Alguna vez pensaron en mí? —pregunté en voz baja.
Silencio.
Mi nuera suspiró.
—No empieces con dramas… si no te gusta, ya sabes dónde está la puerta.
Mi decisión
Sequé mis manos.
Me quité el delantal.
—Voy a salir un momento —dije.
—Trae pan —respondió mi hijo, sin mirarme.
Asentí.
Sonreí.
Y salí.
La libertad que nunca imaginé
No fui al mercado.
No regresé.
Tomé un autobús.
Luego otro.