La obligaron a casarse con un mendigo para destruirla, pero ese fue el inicio de su mayor bendición. Isabela fue humillada por su propia familia, obligada a casarse con un hombre sucio, rechazado y despreciado por todo el pueblo. Dijeron que era un castigo, que esa sería su ruina. Pero lo que nadie sabía era que ese hombre tenía un secreto que ni siquiera su madrastra más cruel podría imaginar.

Un secreto que no solo cambiaría la vida de Isabela, sino que pondría de rodillas a todos los que alguna vez la despreciaron. Isabela no supo en qué momento dejó de ser hija para convertirse en estorbo. Solo lo entendió cuando el ataúdre cruzó la puerta principal y con él se fue también su nombre, su lugar y su derecho a ser vista.

Tenía 19 años, el alma hecha trizas y una tristeza que no encontraba espacio dentro de su cuerpo. Aquel hombre había sido su única familia, su guía y su escudo, y ahora ni siquiera podía llorarlo en paz. Mercedes, su madrastra, no tardó una semana en apropiarse de todo. Ocupó la habitación principal, guardó bajo llave los papeles del negocio familiar y le dio a Isabela una orden tan seca como definitiva.