Vea la reacción de Hitler y Göring cuando Heinrici dijo: EL FIN HA LLEGADO.

A diferencia de muchos generales que prosperaron bajo el régimen nazi gracias a su fervor ideológico o su ambición personal, Heinrici no era un hombre de consignas. No se afilió al Partido Nazi. Su esposa tenía ascendencia judía, protegida solo por una clasificación especial que la declaraba “de sangre alemana”. Vivía en una contradicción permanente dentro de un sistema que desconfiaba de cualquier matiz.

En el plano militar, se especializó en defensa. Desarrolló y perfeccionó la llamada “defensa en profundidad”: en lugar de concentrar todas las fuerzas en una línea frontal rígida, organizaba capas sucesivas de resistencia. Permitía que el enemigo avanzara, se desgastara y quedara expuesto antes de lanzar contraataques calculados. Esa táctica salvó miles de vidas alemanas en el frente oriental.

Pero tenía un defecto imperdonable a los ojos de Hitler: aceptaba retirarse cuando la situación lo exigía. Para el Führer, retroceder era sinónimo de traición. Para Heinrici, era una decisión estratégica para preservar tropas.

Una misión imposible

En marzo de 1945, cuando el Ejército Rojo ya estaba a las puertas del Oder, Hitler nombró a Heinrici comandante del Grupo de Ejércitos Vístula. Antes, esa formación había estado bajo el mando de Heinrich Himmler, jefe de las SS, un hombre poderoso pero sin experiencia real en conducción de grandes operaciones militares. El resultado había sido el caos.

Cuando Heinrici asumió el mando, encontró unidades desorganizadas, comunicaciones deficientes y soldados exhaustos: jóvenes de las Juventudes Hitlerianas, ancianos del Volkssturm y restos de divisiones diezmadas. Frente a ellos avanzaban más de dos millones de soldados soviéticos.

El 16 de abril de 1945, el mariscal Georgy Zhukov lanzó la ofensiva sobre las alturas de Seelow, última barrera natural antes de Berlín. Fue uno de los bombardeos más intensos de la guerra. Miles de piezas de artillería iluminaron la madrugada. La tierra tembló durante horas.

Heinrici había anticipado el ataque. Retiró a la mayor parte de sus tropas de la primera línea justo antes del bombardeo, dejando posiciones simbólicas como señuelo. Cuando la artillería soviética cesó y la infantería avanzó, se encontró con defensas escalonadas en las colinas.

Durante cuatro días, la batalla fue feroz. Las pérdidas soviéticas fueron enormes. Pero la superioridad numérica era aplastante. Finalmente, las líneas alemanas cedieron. El camino hacia Berlín quedó abierto.