Justo antes de ser ejecutado, un reo pide un último deseo: que le permitan hablar con su pequeña hija Salomé.
Lo que la pequeña le susurra al oído cambia todo por completo.
El reloj de la pared marcaba las 6 de la mañana cuando los guardias abrieron la celda de Ramiro Fuentes.
Cinco años esperando este día.
Cinco años de gritar su inocencia a paredes que nunca respondieron.
Ahora, a pocas horas de enfrentar la sentencia final, solo le quedaba una petición.
—Quiero ver a mi hija —dijo con voz ronca—.
Solo eso pido.
Déjenme ver a Salomé antes de que todo termine.
El guardia más joven lo miró con lástima.
El más viejo escupió al suelo.
—Los condenados no tienen derechos.