—Es una niña de 8 años.
No la he visto en 3 años.
Es lo único que pido.
La petición llegó hasta el director de la prisión, un hombre de 60 años llamado Coronel Méndez, que había visto pasar cientos de condenados por ese pasillo.
Algo en el expediente de Ramiro siempre le había causado ruido.
Las pruebas eran sólidas: huellas en el arma, ropa manchada, un testigo que lo vio salir de la casa esa noche.
Pero los ojos de Ramiro no eran los ojos de un culpable.
Méndez había aprendido a reconocer esa mirada en 30 años de carrera.
—Que traigan a la niña —ordenó.
Tres horas después, una camioneta blanca se estacionó frente a la prisión.
De ella bajó una trabajadora social, sosteniendo la mano de una niña rubia, con ojos grandes y expresión seria.
Salomé Fuentes tenía 8 años, pero su mirada cargaba el peso de alguien que ha visto demasiado.
La niña caminó por el pasillo de la prisión sin llorar, sin temblar.
Los presos en sus celdas guardaron silencio al verla pasar.
Había algo en ella que imponía respeto, algo que nadie podía explicar.
Cuando llegó a la sala de visitas, Salomé vio a su padre por primera vez en 3 años.
Ramiro estaba esposado a la mesa, con el uniforme naranja desgastado y la barba crecida.
Al ver a su hija, sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Mi niña —susurró—, mi pequeña Salomé…
Lo que sucedió después cambiaría todo.
Salomé se soltó de la mano de la trabajadora social y caminó despacio hacia su padre.
No corrió.
No gritó.
Cada paso era medido, como si hubiera ensayado este momento mil veces en su mente.
Ramiro extendió sus manos esposadas hacia ella.
La niña se acercó y lo abrazó.
Durante un minuto entero, ninguno de los dos dijo nada.
Los guardias observaban desde las esquinas.
La trabajadora social revisaba su teléfono sin prestar atención.
Entonces, Salomé se acercó al oído de su padre y susurró algo.
Nadie más escuchó las palabras, pero todos vieron lo que provocaron.
Ramiro palideció.
Su cuerpo entero comenzó a temblar.
Las lágrimas que antes caían en silencio se convirtieron en sollozos que sacudían su pecho.
Miró a su hija con una mezcla de horror y esperanza que los guardias jamás olvidarían.
—¿Es verdad? —preguntó con voz quebrada—.
¿Es verdad lo que me dices?
Ella asintió.
Ramiro se puso de pie tan violentamente que la silla cayó al suelo.
Los guardias corrieron hacia él, pero no intentaba escapar.
Gritaba.
Gritaba con una fuerza que no había mostrado en 5 años.