—¡Soy inocente!
¡Siempre fui inocente!
¡Ahora puedo probarlo!
Los guardias intentaron separar a la niña de su padre, pero ella se aferró a él con una fuerza impropia de su edad.
—Ya es hora de que sepan la verdad —dijo Salomé con voz clara y firme…
—Ya es hora de que sepan la verdad —dijo Salomé con voz clara y firme.
La sala quedó en silencio.
El coronel Méndez, que había decidido presenciar el encuentro desde el fondo, dio un paso al frente.
—¿Qué verdad, niña?
Salomé no respondió de inmediato.
Metió la mano en el bolsillo de su abrigo rojo y sacó algo pequeño, envuelto en papel.
—Esto lo escondió mamá antes de morir —dijo, sin apartar la vista de su padre—. Me dijo que solo se lo diera a papá si algún día iban a hacerle algo malo.
Ramiro dejó de respirar por un segundo.
—¿Tu madre…? —susurró.
La trabajadora social frunció el ceño.
—Salomé, eso no estaba autorizado—
Pero el coronel Méndez levantó la mano.
—Déjala hablar.
La niña extendió el objeto.
Era un viejo teléfono celular, rayado, apagado.
—Mamá grabó todo esa noche —dijo Salomé—. Grabó quién estaba en la casa… y quién disparó.
El aire se volvió pesado.
Uno de los guardias soltó una risa nerviosa.
—Eso es imposible. El arma tenía las huellas de él.
—Porque lo obligaron a tocarla —respondió la niña con una calma escalofriante—. Antes de que llegara la policía.
Ramiro comenzó a temblar de nuevo.
—Salomé… ¿quién te dijo eso?
La niña giró lentamente la cabeza… y señaló.
No a su padre.
No al coronel.
Señaló al guardia más viejo.
El mismo que había escupido al suelo esa mañana.
El hombre palideció.

—Cuidado con lo que dice esa mocosa —gruñó, dando un paso atrás.
Salomé no apartó el dedo.
—Tú estabas allí esa noche.
Un murmullo recorrió el pasillo.
El coronel Méndez entrecerró los ojos.
—Eso es una acusación muy grave.
—Mamá me llevó al clóset cuando escuchó la discusión —continuó la niña—. Me dijo que no hiciera ruido. Desde ahí vi sus botas.
El guardia miró sus pies instintivamente.
Botas negras.
Militares.