Ella pidió ver a su hija antes de morir... y lo que la niña le susurró cambió su destino para siempre.

Entró en la habitación con pasos lentos.

Ramira se tensó al instante, cubriendo instintivamente a Salomé con su cuerpo.

Méndez se detuvo a dos metros.

—Niña —dijo con una voz más suave de lo que cualquiera hubiera imaginado en él—. Lo que acabas de decir… ¿se lo has contado a alguien más?

Salomé lo miró sin temor.

—A la tía Clara. Pero dijo que lo había soñado porque era pequeña. Luego me mandó a hablar con una señora, y después de eso no quise decir nada más.

—¿Una psicóloga? —preguntó Méndez.

—No sé. Tenía una libreta amarilla y me daba caramelos si dejaba de repetir lo del reloj.

Eso bastó.

Méndez volvió la mirada hacia el guardia más joven, que seguía de pie junto a la puerta, sin comprender del todo lo que sucedía.

—Nadie debe tocar a la reclusa Fuentes. Suspendan todos los procedimientos finales hasta nuevo aviso.

El guardia abrió los ojos.

—Pero, coronel, la sentencia…

—El director de la prisión la suspende cuando surgen nuevos elementos.

—Eso compromete la integridad del proceso —interrumpió Méndez—. ¿O quiere que lo cite textualmente del reglamento?

—No, señor.

—Entonces, retírelo.

El guardia prácticamente salió corriendo.
La trabajadora social se puso de pie.

—Yo… tengo que denunciar esto…

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