Ella pidió ver a su hija antes de morir... y lo que la niña le susurró cambió su destino para siempre.

—Y lo hará —respondió Méndez—. Pero primero quiero todo el expediente de custodia de la menor, las entrevistas psicológicas y cualquier registro de las visitas de la tía Clara. Todo. En mi oficina. En diez minutos.

La mujer palideció y se marchó sin protestar.

Ramira siguió abrazando a su hija como si alguien fuera a arrebatársela de nuevo.

Méndez se inclinó ligeramente hacia adelante, lo justo para quedar a la altura de los ojos de Salomé.

—¿Reconocerías a ese hombre si vieras una foto?

La chica asintió sin dudar.

—Sí.

—Bien.

Miró a Ramira.

Durante cinco años, cada vez que lo veía cruzar la sala, sentía la misma mezcla de odio y resignación. Él era el rostro del fin. El hombre que firmaba horarios, protocolos y acuerdos de silencio. Pero ahora, en aquella estrecha habitación con olor a hierro y desinfectante, Méndez no parecía un verdugo. Parecía un anciano cansado que acababa de darse cuenta de que tal vez había estado llevando a una mujer inocente a la muerte.

—Señora Fuentes —dijo finalmente—. Necesito que me diga exactamente lo mismo que me dijo en su primera declaración, sin omitir nada, aunque crea que ya no importa. Ramira lo miró como quien ve abrirse una puerta tras años de darse de cabezazos contra la pared.

—¿Me vas a escuchar ahora?

Le tomó un segundo responder.

—Sí.

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