Huyó de su boda forzada y se escondió en el carruaje del duque más temido de la ciudad. Cuando él la vio temblar, solo susurró: “La protegeré”.

La casa de Montenegro.

La del hombre más temido de la capital.

La del duque Gael Montenegro, el noble marcado por la guerra, el hombre del que las madres hablaban en voz baja para asustar a los niños, el duque al que todos llamaban monstruo cuando él no podía oírlos.

La puerta de la carroza estaba entreabierta.

Como si la hubiera estado esperando.

Ximena no pensó. Se lanzó dentro, cerró y cayó de rodillas sobre el terciopelo oscuro, ahogada, temblando, con el vestido convertido en una nube arrugada a su alrededor.

Al principio creyó que estaba sola.

Luego lo olió.

Tabaco caro. Cuero húmedo. Algo masculino, limpio y peligroso.

Y una voz dijo desde la penumbra:

—Si vas a sangrar sobre mi tapicería, al menos podrías disculparte primero.

Ximena levantó la cabeza de golpe.

Lo vio sentado frente a ella, inmóvil, como si llevara siglos allí. Botas negras impecables. Guantes oscuros. Abrigo de lana con bordados discretos. Y el rostro… Dios.

Las cicatrices eran peores que en los rumores.

Tres marcas ásperas y rojizas cruzaban su mejilla izquierda desde la sien hasta la mandíbula, como si alguien hubiera querido arrancarle media cara y hubiera fallado por muy poco. Pero eran sus ojos lo que paralizaba: negros, quietos, exactos. Ojos de hombre acostumbrado a decidir quién entraba vivo y quién no en una habitación.

—Usted… —murmuró Ximena.

—Tú eres la hija de los Alvarado —dijo él, sin emoción—. La que iban a venderle a Campillo esta mañana.

No era una pregunta.

Ella asintió, temblando.

—Por favor —susurró—. No me devuelva.

Gael la observó durante un segundo tan largo que a Ximena le dolió respirarlo.

Entonces afuera se escucharon voces.

Pasos. Hombres buscando. Tomás.

—¡Revisen las carrozas! —gritó él—. ¡No pudo irse lejos!

Ximena se quedó helada.

Una sombra cayó sobre la ventanilla. Una linterna iluminó el vidrio. Luego, tres golpes secos.

—Ximena, cariño —la voz de Tomás llegó amortiguada pero perfectamente reconocible—. Sal ahora y prometo ser amable.

Ella soltó un gemido de puro terror.

Esperó que el duque la empujara fuera. Que la entregara para evitar problemas. Que dijera que no tenía tiempo para líos ajenos.

En cambio, Gael se inclinó hacia ella, le tomó el hombro con una firmeza sorprendentemente cuidadosa y la levantó del piso. Antes de que pudiera entender qué hacía, la cubrió con su abrigo y la atrajo contra su costado, ocultándola bajo la tela oscura.