Huyó de su boda forzada y se escondió en el carruaje del duque más temido de la ciudad. Cuando él la vio temblar, solo susurró: “La protegeré”.

—Quédate quieta —susurró junto a su oído—. No respiras tan fuerte cuando quieres vivir, ¿verdad?

Ella apretó los labios.

La puerta se abrió. Entró el aire frío. También la voz de Tomás, cargada de furia disfrazada de cortesía.

—Su excelencia. Disculpe la molestia. Busco a una joven con vestido de novia. Está confundida.

—Qué trágico —respondió Gael, con un desinterés tan perfecto que sonó casi insultante.

—Es mi prometida.

—Y yo estoy solo.

Silencio.

Ximena sentía el corazón como un tambor salvaje contra las costillas. La mano enguantada de Gael seguía firme sobre su brazo.

—Si me permitiera revisar… —insistió Tomás.

Gael no alzó la voz.

No hizo falta.

—Cierre la puerta, Campillo.

Las palabras cayeron con un peso glacial. Hubo una pausa larga. Después, el golpe de la puerta cerrándose. Los pasos se alejaron.

Gael dio dos toques en el techo.

La carroza arrancó.

Ximena siguió inmóvil unos segundos más, escondida contra él, hasta que el sonido de la calle se volvió distancia y no amenaza. Entonces el duque apartó el abrigo.

—Ya no puede tocarte —dijo.

Ella lo miró, todavía jadeando.

—¿Por qué me ayudó?

Gael se recargó en el asiento, como si la pregunta fuera irrelevante.

—Porque detesto a Campillo.

—Eso no explica nada.

—No. Pero por ahora bastará.

Pero Ximena aún no sabía la verdad.
El duque que acababa de salvarla… llevaba tres años controlando el destino de su familia.

Parte 2 …

La carroza siguió avanzando hacia el norte de la ciudad, lejos de la iglesia, de su casa, de su apellido. Ximena miraba por la ventanilla las calles que se iban vaciando, preguntándose qué acababa de hacer.

Había huido de un hombre que quería poseerla.

Y ahora estaba en la carroza del único hombre al que toda la ciudad temía.

Debió sentir pánico.