Huyó de su boda forzada y se escondió en el carruaje del duque más temido de la ciudad. Cuando él la vio temblar, solo susurró: “La protegeré”.

En cambio, por primera vez en años, sentía otra cosa.

Una tregua.

La residencia de los Montenegro se levantaba detrás de una reja de hierro negro, casi al borde del bosque que rodeaba la ciudad. No parecía una casa. Parecía una fortaleza levantada contra el mundo entero. Piedra gris, torres en las esquinas, ventanales estrechos, jardines demasiado ordenados como para ser alegres.

Cuando la carroza se detuvo, dos sirvientes salieron de inmediato.

Gael descendió primero y luego extendió una mano hacia ella.

Ximena miró sus pies. Había perdido una zapatilla en la huida. La otra estaba rota. Tenía sangre seca en los dedos y el dobladillo del vestido hecho jirones.

—No puedo entrar así —murmuró.

—En mi casa nadie verá más de lo que yo permita —dijo él.

Aun así, cuando ella hizo el intento de bajar y se estremeció por el dolor de las plantas de los pies, Gael no discutió. La alzó en brazos.

Ximena soltó una exclamación y se aferró al cuello de su abrigo.

—Puedo caminar.

—No sobre huesos molidos y cristal de calle.

La llevó hasta el vestíbulo principal, donde una mujer severa de cabello plateado apareció casi de inmediato.

—Señora Robles —dijo Gael—. Prepare la suite del ala este. Baño caliente. Ropa. Y mande llamar al doctor. La señorita necesita atención.

La señora Robles inclinó la cabeza, pero cuando miró a Ximena sus ojos se volvieron sorprendentemente maternales.

—Sí, excelencia.

Ximena quiso hablar, preguntar, exigir explicaciones. Pero el cansancio, el dolor y el desconcierto la estaban venciendo.

Antes de que se la llevaran, alcanzó a decir:

—¿Qué quiere de mí?

Gael tardó un momento en responder.

—Que descanses —dijo al fin—. Y que recuerdes cómo se siente estar a salvo.

Cuando despertó, ya era casi de noche.

La habían bañado, curado y vestido con una bata de seda color vino. Sus manos estaban vendadas. También sus pies. La habitación era más grande que toda la planta alta de la casa de los Alvarado.

La invitaron a cenar.

Gael la esperaba en un comedor inmenso, con una mesa ridículamente larga donde solo había dos lugares servidos. A la luz de las velas, sus cicatrices parecían menos brutales. Más antiguas. Como heridas que habían aprendido a vivir con él.

Comieron en silencio hasta que retiraron el plato principal.

Entonces Ximena dejó la copa en la mesa.

—Ahora sí —dijo—. Quiero respuestas.

Gael la observó por encima de su vino.

—Lo imaginé.

—¿Por qué estaba su carroza junto a la iglesia?

Por primera vez, el duque no tuvo una respuesta inmediata.

—Porque sospechaba que correrías.

—¿Y cómo podía saberlo?

—Porque llevé semanas investigando a Campillo —dijo él—. Y también a tu familia.

Ximena sintió el pecho endurecerse.

—¿Investigándome?

—A él, principalmente. A ti… por necesidad.

Entonces Gael se puso de pie, fue hasta un mueble de nogal y regresó con una carpeta. La abrió frente a ella. Eran pagarés, contratos, cartas, documentos con la firma de su padre.

Y al final, una cláusula que la dejó helada.

La deuda principal de los Alvarado había sido comprada por la casa Montenegro tres años antes.

Tres años.

Ximena levantó la vista lentamente.