—¿Usted compró la deuda de mi familia?
—Sí.
—Entonces sabía todo. El compromiso. La boda. Mi huida. Todo.
—Sí.
El silencio que siguió fue brutal.
—Me manipuló —susurró ella.
—Te preparé una salida —corrigió él.
—¡No juegue con las palabras! —estalló Ximena, poniéndose de pie—. Pensé que huía de un hombre que quería comprarme y resulta que vine directo a otro que ya lo había hecho.
Gael recibió el golpe sin moverse.
—Si hubiera querido cobrar esa deuda, habría llegado a casa de tu padre con un notario y guardias. No lo hice.
—Pero me puso la carroza enfrente.
—Sí.
—Entonces sí planeó todo esto.
Algo en el rostro de Gael se quebró. No del todo. Apenas una grieta.
—Planeé darte una puerta abierta —dijo con voz baja—. Lo que hicieras con ella era tu decisión.
Ximena soltó una risa amarga.
—Qué generoso.
Gael tomó la carpeta, caminó hasta la chimenea encendida y, sin apartar los ojos de ella, arrojó todos los papeles al fuego.
Las llamas los devoraron enseguida.
—Míralo bien —dijo—. Esa deuda acaba de morir. No me debes nada. Ni tu apellido. Ni tu gratitud. Ni tu presencia en esta casa.
Ximena lo miró, todavía respirando con furia.
—Entonces, ¿qué quiere en realidad?
Gael se quedó frente al fuego, el rostro medio iluminado por el naranja tembloroso de las llamas.
—Hace cinco años —dijo— Campillo hizo con otra mujer lo que iba a hacer contigo. Yo intenté detenerlo. Llegué tarde. Después me dejó esto.
Se tocó la cicatriz.
—Ella murió seis meses después. Desde entonces juré destruirlo. Cuando descubrí que iba a casarse contigo, vi dos cosas a la vez: una oportunidad… y una advertencia. Si no actuaba, tú ibas a acabar igual.
Ximena sintió cómo su rabia se tropezaba con algo más complejo.
—¿Y yo qué soy en esa guerra? —preguntó.
Gael la miró de frente.
—Eso depende de ti. Si quieres irte, mañana mismo tendrás dinero, escolta y un lugar seguro lejos de aquí. Si quieres quedarte, te quedarás como mi igual. No como deuda. No como trofeo. Como mujer libre.
Ximena lo estudió largo rato.
Era un hombre temible, sí. Frío, duro, capaz de planear en silencio. Pero también acababa de quemar lo único que podía atarla legalmente a él.
—Si me quedo —dijo por fin—, quiero la verdad. Siempre.
Gael asintió.
—Hecho.
—Y no seré un adorno en su guerra. Si Campillo va a caer, yo voy a participar.
Una sombra de respeto cruzó los ojos del duque.
—Eso suena peligrosamente a alianza.
—Entonces considérelo una.
Él extendió la mano.
—¿Socios, señorita Alvarado?
Ximena la tomó.
—Socios.
Dos semanas después, toda la capital hablaba de una nueva duquesa.
La misteriosa esposa de Gael Montenegro apareció del brazo del hombre más temido de la ciudad en el baile de máscaras del palacio. Llevaba un vestido verde esmeralda que hacía juego con nada excepto con la seguridad recién nacida en su mirada. Gael, vestido de negro, caminaba junto a ella con una calma feroz.