Huyó de su boda forzada y se escondió en el carruaje del duque más temido de la ciudad. Cuando él la vio temblar, solo susurró: “La protegeré”.

Los murmullos eran deliciosos.

Y, por supuesto, Tomás Campillo estaba allí.

Intentó desacreditarla. Insinuó que el duque había usado las deudas de los Alvarado para forzar el matrimonio. Creyó que la haría parecer una víctima. Una mujer confundida.

Pero Ximena ya no era la muchacha que había corrido llorando por un callejón.

Se adelantó delante de todos y dijo, con una voz que hizo callar el salón entero:

—El único hombre que intentó comprarme fue usted. El único que me ofreció una elección real fue el duque.

Luego nombró a la mujer muerta. Nombró a Elisa Navarro, la primera esposa destruida por Tomás. Y Gael, sin titubear, sacó pruebas: cuentas, sobornos, tráfico de muchachas disfrazado de contratos de servicio, amenazas.

Campillo perdió el color.

Intentó huir entre el caos cuando uno de sus hombres provocó un incendio para desviar la atención. Pero aquella noche ya no controlaba la historia.

Lo arrestaron al amanecer.

Y cuando los rumores se convirtieron en juicio, la ciudad entera descubrió lo que llevaba años fingiendo no ver.

Tomás Campillo cayó.

De verdad.

La mañana después del arresto, Ximena despertó en Blackwood Hall —porque así llamaban todos a la residencia, aunque ella ya prefería pensar en ella simplemente como hogar— y encontró una pequeña caja sobre la mesa.

Dentro había un anillo de oro oscuro con un rubí profundo y el lobo coronado de espinas.

Buscó a Gael en su despacho. Él estaba revisando documentos legales, pero al verla entrar dejó la pluma de inmediato.

—El anillo —dijo Ximena, mostrándolo—. ¿Qué significa?

Gael inspiró hondo. Por primera vez desde que lo conocía, parecía nervioso.

—Tradicionalmente lo lleva la duquesa de Montenegro —dijo—. La verdadera. No la que finge serlo.

Ximena sintió que algo cálido y peligroso le recorría el pecho.

—¿Y ya no estamos fingiendo?

Gael se puso de pie y la miró de una forma que la dejó inmóvil.

—Dejé de fingir la noche en que te vi salir por aquella ventana en el palacio y pensé que podía perderte. Dejé de fingir cuando quemé los papeles y seguías aquí. Dejé de fingir cuando esta casa empezó a sentirse menos fría porque tú respirabas dentro de ella.

Ximena apretó la cajita entre los dedos.

—Yo también me quedé por elección —dijo—. Al principio por seguridad. Después por alianza. Y ahora… ahora porque cuando estoy contigo no me siento propiedad de nadie. Me siento yo.

Gael dio un paso hacia ella.

—Entonces no te pido deuda, ni gratitud, ni sacrificio. Solo una cosa: quédate porque me eliges.

Ximena sonrió, y fue una sonrisa lenta, luminosa, completamente suya.

Sacó el anillo y lo deslizó en su dedo.

Encajó perfecto.

—Te elijo, Gael Montenegro.

Él tomó su mano y besó sus nudillos con una ternura que desmentía por completo su reputación.

—Bienvenida a casa, duquesa.

Ximena lo atrajo hacia sí y lo besó antes de que él pudiera decir otra cosa.

Afuera, la ciudad despertaba al escándalo del siglo: la caída de Tomás Campillo, el juicio que lo arruinaría, la mujer que se negó a ser vendida y el duque monstruoso que había terminado siendo su refugio.