Huyó de su boda forzada y se escondió en el carruaje del duque más temido de la ciudad. Cuando él la vio temblar, solo susurró: “La protegeré”.

Pero dentro de aquella casa de piedra y cicatrices, ninguna de esas voces importaba ya.

Porque Ximena entendió por fin la diferencia entre huir de algo… y correr hacia algo mejor.

Y esta vez, no había corrido hacia una jaula.

Había corrido hacia su libertad.

Y, inesperadamente, hacia el amor.