La mañana en que Esperanza Méndez caminó por primera vez hacia el rancho que acababa de comprar, el sol apenas comenzaba a asomarse entre los cerros.

Llevaba en la mano arrugada el papel que certificaba la propiedad. 10 pesos. Eso era todo lo que había pagado por aquel terreno con casa incluida. 10 pesos que habían representado todos sus ahorros de 3 años trabajando como la bandera en el pueblo. Está loca, doña Esperanza, le habían dicho las vecinas cuando se enteraron.
Nadie vende un rancho por 10 pesos si no tiene algo malo. Pero Esperanza no les hizo caso. A sus 52 años, viuda desde hacía cuatro, con dos hijos ya grandes viviendo en la capital, ella solo quería un lugar propio, un pedacito de tierra donde no tuviera que pagarle renta a nadie, un techo que fuera suyo y de nadie más. El camino de terracería crujía bajo sus guaraches gastados.