A sus espaldas, el pueblo se iba haciendo cada vez más pequeño. Adelante, entre los matorrales y los nopales, se dibujaba la silueta de lo que sería su nueva casa. Era una construcción sencilla, de adobe, con techo de lámina oxidada. Las paredes mostraban grietas como arrugas en un rostro viejo, pero seguían en pie. Tenía dos ventanas sin vidrios, solo marcos de madera carcomida y una puerta que colgaba torcida de sus bisagras.
“No es gran cosa”, murmuró Esperanza para sí misma, limpiándose el sudor de la frente con el rebozo. “Pero es mío.” El terreno alrededor era amplio. Había espacio suficiente para sembrar quelites, calabazas, tal vez hasta criar algunas gallinas. Esperanza ya se imaginaba levantándose con el canto del gallo, regando su huertita, viviendo de lo que la tierra le diera.
Don Mauricio, el anciano que le había vendido la propiedad, vivía ahora con su hija en Querétaro. Cuando Esperanza fue a verlo para cerrar el trato, el viejo tenía los ojos hundidos y las manos temblorosas. “¿Está segura, doña?”, le había preguntado tres veces. Segurísima, don Mauricio. El anciano suspiró hondo, como si estuviera soltando un peso que llevaba cargando muchos años.
Mire, le voy a ser franco. Ese rancho lleva abandonado más de 15 años. Desde que mi esposa murió no he podido volver. Los recuerdos, ¿sabe, a veces los recuerdos pesan más que las piedras? Esperanza asintió. Ella también sabía del peso de los recuerdos. Sabía lo que era despertar en medio de la noche buscando a alguien que ya no estaba.
Entiendo, don Mauricio, pero a mí no me asustan las casas viejas ni los recuerdos de otros. Lo que me asusta es seguir pagando renta cuando ya no puedo ni con mi alma. El anciano la miró con algo parecido a la lástima, pero firmó los papeles. Le entregó una llave oxidada y le dio la mano. Que Dios la acompañe. Dijo.
Y esas palabras se quedaron flotando en el aire como un mal presagio. Ahora, parada frente a la puerta de su nueva casa, Esperanza introdujo la llave en la cerradura. tuvo que forcejear un poco, pero finalmente la puerta se abrió con un chirrido que hizo eco en todo el valle. El olor fue lo primero que la golpeó. No era exactamente mal olor, sino algo húmedo, terroso, como cuando llueve después de meses de sequía.
La luz del sol entraba en accesor por las ventanas rotas, iluminando el polvo que flotaba en el aire. Había una mesa en el centro cubierta de tierra y hojas secas que habían entrado por las ventanas. Dos sillas desvencijadas, un fogón de leña en la esquina con cenizas tan viejas que parecían fósiles. En la pared, un calendario de 2009 mostraba la foto de una playa que Esperanza nunca visitaría.
Bueno, pues aquí vamos, dijo en voz alta, más para darse ánimo que por otra cosa. Dejó su morral en el suelo y sacó lo poco que había traído, una escoba, un trabo, un bote de agua, unas velas y una imagen de la Virgen de Guadalupe que siempre la había acompañado. Colocó la imagen en un clavo que sobresalía de la pared y se persignó.
Virgencita, aquí voy a estar. Cuídame, por favor. Comenzó a barrer. Las nubes de polvo la hacían toser, pero siguió adelante. Barrió la sala, lo que parecía haber sido una recámara pequeña y un cuartito que serviría como cocina. Cada rincón revelaba años de abandono. Telarañas gruesas como cortinas, excrementos secos de ratón, pedazos de adobe desprendidos del techo.
Cuando terminó de barrer, ya había pasado el mediodía. Esperanza se sentó en una de las sillas y comió las tortillas con frijoles que había traído envueltas en un trapo. El silencio del rancho era absoluto. No se escuchaba nada, ni pájaros, ni viento, ni el ladrido lejano de algún perro. Nada. Qué raro, pensó. Ni un solo ruido, pero estaba demasiado cansada para pensar mucho en eso.
Después de comer siguió trabajando, limpió las ventanas, quitó las telarañas, trapeó el piso de tierra compactada. Cuando el sol comenzó a ponerse, la casa se veía menos fantasmal. Todavía faltaba mucho, pero era un comienzo. Esperanza extendió su petate en el rincón más limpio de la recámara y se acostó. Estaba molida. Cada músculo de su cuerpo le dolía, pero también sentía algo que no había sentido en años. Esperanza.
Irónico, ¿verdad? Una mujer llamada Esperanza recuperando la esperanza. “Mañana va a ser mejor”, murmuró antes de quedarse dormida. Lo que la despertó no fue un ruido, sino una sensación. Esa sensación de que algo no está bien, de que hay algo en el cuarto que no debería estar ahí. abrió los ojos en la oscuridad. La luna llena entraba por la ventana bañando todo en una luz plateada y fría.