Y entonces lo vio. Algo se movía en la pared. Al principio pensó que era su imaginación, los restos de un sueño confundiéndose con la realidad, pero no. definitivamente había algo moviéndose, una línea oscura que se deslizaba lentamente por el adobe. Esperanza parpadeó, entrecerró los ojos y su corazón dio un vuelgo cuando comprendió lo que estaba viendo.
Una serpiente, una víbora gruesa del largo de su brazo se arrastraba por la pared como si fuera lo más normal del mundo. Esperanza se quedó paralizada. No se atrevía ni a respirar. La serpiente siguió su camino, indiferente a su presencia hasta desaparecer por una grieta en la esquina. “Dios santo”, susurró Esperanza, sintiendo como el corazón le latía en las cienes.
“Es solo una víbora. En el campo hay víboras. Es normal.” Se repetía eso una y otra vez, tratando de calmarse. Esperó un rato largo con todos los sentidos alerta, pero no pasó nada más. Finalmente el cansancio venció al miedo y volvió a dormirse. Al día siguiente despertó con los primeros rayos del sol. Por un momento no recordó dónde estaba, pero luego todo volvió a ella, el rancho, la limpieza y la serpiente.
Se levantó con cuidado, revisando cada rincón antes de mover los pies. No había rastro de ningún animal. A la luz del día, todo parecía menos amenazante. “Ándale, esperanza”, se dijo a sí misma. “No vas a dejarte asustar por una culebrita aquí en el campo. Eso es lo más normal.” Salió de la casa y caminó alrededor del rancho inspeccionando el terreno.
La tierra era buena, café rojiza y suelta. Había algunos mezquites yes creciendo salvajes. En la parte de atrás descubrió un pozo viejo con un brocal de piedra cubierto de musgo. Se asomó con cuidado. Había agua. Podía escuchar el eco de las gotas cayendo allá abajo. Eso era bueno. Eso significaba que podría regar un huerto.
Pasó el día trabajando en el terreno, limpiando la maleza, marcando dónde pondría su huerta. El sol pegaba fuerte, pero a ella no le importaba. Esto era suyo. Cada piedra, cada metro de tierra, cada rayo de sol que caía sobre ese pedazo de México era suyo. Cuando cayó la noche, encendió una vela y comió otra vez frijoles con tortillas.
Mañana iría al pueblo a comprar algunas provisiones, tal vez semillas, tal vez un pollo o dos. se acostó de nuevo en su petate, pero esta vez le costó conciliar el sueño. Había algo en el silencio que la inquietaba. Era demasiado denso, demasiado pesado, como si la casa estuviera conteniendo la respiración.
Y entonces empezó un rose suave, casi imperceptible, como si alguien arrastrara tela sobre tela. Esperanza se incorporó. La vela había consumido, pero la luna volvía a iluminar el cuarto. Y esta vez no era una sola, eran tres, cuatro, no, espera. Cinco serpientes deslizándose por las paredes, por el suelo, entrando y saliendo de las grietas como si fueran dueñas del lugar.
El grito se le quedó atorado en la garganta. se levantó de un salto, pisando el petate, sin saber hacia dónde moverse, porque había serpientes por todas partes. Una de ellas, gruesa y de escamas brillantes bajo la luz de la luna, se deslizó a centímetros de su pie. Esperanza corrió hacia la puerta. Sus manos temblaban tanto que casi no puede abrir el pestillo.
Cuando por fin lo logró, salió disparada hacia fuera, descalza en camisón. El corazón amenazando con salirse de su pecho, se quedó ahí parada bajo las estrellas, respirando agitadamente, sintiendo el frío de la noche en la piel. “¿Qué demonios está pasando?” Esperó hasta que el cielo empezó a aclararse. No se atrevió a entrar.