La viuda pobre compró un rancho por 10 pesos — Se heló al ver que la casa estaba llena de serpientes..

Cuando el sol salió completamente, reunió el valor para asomarse por la puerta. No había nada, ni una sola serpiente. Las paredes estaban vacías, el suelo limpio, como si todo hubiera sido una pesadilla. Me lo imaginé, pensó. Fue el cansancio, el estrés, pero en el fondo sabía que no.

Sabía que había visto lo que había visto. Esa mañana, en lugar de seguir trabajando en el rancho, caminó de regreso al pueblo. Necesitaba respuestas. encontró a don Chui, el tendero más viejo del lugar, acomodando costales de frijol en su negocio. Buenos días, don Chui. Ah, doña Esperanza. Qué milagro, ya se aburrió de su rancho. Esperanza forzó una sonrisa.

No, para nada. Es solo que quería preguntarle algo. Usted que ha vivido aquí toda su vida, ¿sabe algo del rancho que le compré a don Mauricio? Don Chuy dejó de acomodar los costales. La miró con una expresión que Esperanza no supo descifrar. El rancho de los ciénas. Sí, ese. El viejo suspiró y se quitó el sombrero rascándose la cabeza.

Siéntese, doña. Eso no era buena señal. Esperanza se sentó en un banco junto al mostrador. Mire, comenzó don Chuy. No es que yo crea encuentros de viejas, pero ese rancho tiene historia. ¿Qué tipo de historia? Cuando don Mauricio y su esposa vivían ahí, todo estaba bien. Ellos cultivaban la tierra, tenían animales, vivían tranquilos.

Pero después de que murió doña Consuelo, don Mauricio se empezó a dar cuenta de cosas raras. Cosas raras como que Don Chuy se inclinó hacia adelante bajando la voz como si alguien pudiera escucharlos. serpientes, muchas serpientes. Al principio eran solo una o dos, pero luego fueron más y más, hasta que una noche don Mauricio despertó y había tantas que no podía ni caminar sin pisarlas.

Se salió corriendo de ahí y nunca más volvió. Se fue a vivir con su hija y juró que nunca regresaría. Esperanza sintió que la sangre se le iba a los pies. ¿Por qué? ¿De dónde salían? Nadie lo sabe. Algunos dicen que el rancho está construido sobre un nido viejo de serpientes. Otros dicen que hay algo en el pozo que las atrae.

Lo que sí le puedo decir es que don Mauricio no es el único que ha vivido ahí. Antes de él hubo otras tres familias y todas se fueron por lo mismo. ¿Y por qué nadie me lo dijo? ¿Por qué don Mauricio me lo vendió sabiendo eso? Don Chuy se encogió de hombros. Supongo que pensó que era su oportunidad de deshacerse de esa propiedad.

Y usted, con perdón, doña, pero usted estaba tan desesperada por tener algo propio que no hizo las preguntas correctas. Esperanza se quedó en silencio. Tenía razón. Había estado tan cegada por la idea de tener su propio lugar, que no se había detenido a pensar por qué algo tan bueno costaba tan poco. ¿Y qué hago ahora?, preguntó con voz pequeña.

Pues mire, yo le diría que se regrese al pueblo, que deje ese rancho, pero la conozco, doña Esperanza. Usted es terca como una mula, así que lo único que le puedo decir es, “Tenga cuidado y si las cosas se ponen muy feas, no se quede por orgullo.” Esperanza salió de la tienda con la cabeza hecha un remolino.

Caminó por las calles del pueblo sin rumbo fijo, tratando de decidir qué hacer. podía irse, podía aceptar que había perdido sus 10 pesos y volver a buscar algún cuartito de renta, volver a ser la viuda pobre que dependía de la caridad ajena o podía quedarse, podía enfrentar esto. Son víboras, se dijo. Los animales se pueden espantar, se pueden controlar.

Esa tarde usó los últimos pesos que le quedaban para comprar cal, sulfato y un machete nuevo. Si esas serpientes querían guerra, iban a tener guerra. Regresó al rancho con el sol todavía alto. Primero roció cal alrededor de toda la casa, haciendo un círculo completo. Luego mezcló el sulfato con agua y lo echó en todas las grietas de las paredes, en el pozo, en cada agujero que encontró.

A ver si con esto se largan, masculló. Trabajó hasta que le dolieron los brazos. Cuando terminó, se sentó en el quicio de la puerta con el machete al lado y esperó. La noche cayó como una manta negra. Esperanza encendió una fogata afuera de la casa decidida a no dormir. Se quedó ahí alimentando el fuego, mirando la puerta abierta.

Las horas pasaron. medianoche, una de la mañana, 2 de la mañana y entonces lo escuchó ese sonido inconfundible. El rose de escamas contra adobe se levantó agarrando el machete con manos temblorosas. Dio un paso hacia la puerta. Lo que vio la dejó helada. No eran cinco serpientes, no eran 10, eran decenas, tal vez cientos.

Salían de las grietas como agua, deslizándose por las paredes, por el techo, formando una masa móvil y silenciosa que parecía tener vida propia. Víboras de cascabel, coralillos, mazacuatas, cincuates, grandes y pequeñas, todas moviéndose en un balet macabro bajo la luz de la luna. El machete cayó de las manos de esperanza.

No podía moverse, no podía gritar, solo podía mirar. Paralizada por el horror y la fascinación, una de las serpientes más grandes, una víbora de cascabel del grosor de su brazo, se deslizó hacia la puerta, se detuvo justo en el umbral, levantó la cabeza y la miró. La miró directamente a los ojos. Y en ese momento algo cambió.

Esperanza sintió comprensión. No, era algo más profundo. Era una comunicación silenciosa. Ese animal, esa criatura que todos temían, no estaba ahí para atacarla, simplemente estaba en su lugar. Su lugar, murmuró Esperanza. Esta siempre ha sido su casa. La serpiente sostuvo su mirada unos segundos más, luego bajó la cabeza y se deslizó de regreso hacia el interior de la casa.