Esperanza se dejó caer en el suelo junto a la fogata. Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas. No eran lágrimas de miedo, sino de comprensión, de aceptación de una verdad amarga. Había comprado un rancho por 10 pesos porque nadie más lo quería. Y nadie lo quería porque ya tenía dueños. dueños que habían estado ahí mucho antes que don Mauricio, antes que cualquier humano, dueños que no iban a irse, se quedó ahí sentada hasta el amanecer, mirando como las serpientes entraban y salían de la casa con la misma
naturalidad con que el agua fluye por un río. Cuando el sol salió, todas desaparecieron, como siempre. Esa mañana Esperanza entró a la casa por última vez. Recogió su petate, su morral, su imagen de la Virgen, apagó la fogata y cerró la puerta. Caminó de regreso al pueblo sin mirar atrás.
No había ira en su corazón, tampoco arrepentimiento, solo una extraña paz. En la tienda de don Chuy encontró un papel y un lápiz prestado. ¿Qué va a hacer, doña?, preguntó el tendero. Voy a escribir una carta a don Mauricio. Voy a decirle que puede quedarse con su rancho, que no le voy a pedir que me devuelva el dinero, pero también le voy a decir que la próxima vez que quiera vender esa propiedad le diga la verdad a quien venga a preguntar.
Don Chuy asintió aprobadoramente. Es usted una mujer sabia, doña Esperanza. Ella sonrió con tristeza. No sé si sabia, don Chui, pero sí sé cuándo estoy peleando una batalla que no se puede ganar. Esas serpientes estaban ahí primero. ¿Quién soy yo para sacarlas de su hogar? Escribió la carta con letra temblorosa.
Cuando terminó, se la entregó a don Chuy para que la enviara. ¿Y ahora, ¿qué va a hacer?, preguntó el tendero. Esperanza miró hacia la calle del pueblo, donde la vida seguía su curso normal. Los niños corriendo, las mujeres lavando en el lavadero comunal, los hombres rumbo al campo. Voy a buscar otro cuarto de renta.
Voy a seguir lavando ropa y voy a seguir ahorrando, pero esta vez voy a hacer las preguntas correctas antes de comprar nada. Don Chuy sonrió y le palmeó el hombro. Esa es la actitud. Esperanza salió de la tienda y caminó por el pueblo. Pasó por el rancho una última vez desde la distancia. La casa seguía ahí con sus paredes de adobe y su techo de lámina aparentemente vacía bajo el sol del mediodía.
Pero ella sabía la verdad. Sabía que ahí dentro, escondidas en las grietas y los rincones oscuros, cientos de serpientes dormían esperando la noche, esperando recuperar su territorio, como lo habían hecho durante generaciones. “Que les vaya bien”, murmuró y siguió caminando. Dos semanas después, Esperanza encontró un cuartito en la casa de doña Petra, una viuda como ella, que necesitaba ayuda con los gastos.
No era mucho, apenas un cuarto con una gama y un comal, pero estaba en el pueblo rodeada de gente de vida. Y lo mejor de todo, no había serpientes. Una tarde, mientras tendía ropa en el patio de doña Petra, escuchó voces en la calle. Salió a ver qué pasaba. Un grupo de hombres con machetes y palos caminaba con determinación hacia las afueras del pueblo.
¿Qué pasa?, le preguntó a doña Petra. Van a ir al rancho de los ciénegas. Dicen que van a fumigar, que van a matar todas las serpientes y que van a quemar esa casa. Dicen que así se acaba el problema. El corazón de esperanza dio un vuelco. Sin pensarlo dos veces, salió corriendo detrás de los hombres. Esperen, esperen. Los hombres se detuvieron y la miraron con sorpresa.
Doña Esperanza, ¿qué hace? No pueden hacer eso”, dijo ella respirando agitadamente. “¿Cómo que no? Ese lugar es un peligro. Y si las serpientes empiezan a bajar al pueblo y si muerden a un niño, esas serpientes llevan ahí años, décadas, y nunca han bajado al pueblo, nunca han atacado a nadie, solo están en su lugar, en su casa.
” Pero, doña, usted misma tuvo que salir de ahí. Sí, porque entendí que ese no era mi lugar, pero eso no me da derecho a destruir su hogar. Ellas estaban ahí primero. Nosotros somos los invasores. Los hombres se miraron entre sí confundidos. Está defendiendo a las víboras, doña Esperanza tomó aire. Estoy defendiendo el derecho de cada criatura a existir.
Esas serpientes no están haciendo nada malo, solo están viviendo. Si las matamos, si quemamos esa casa, ¿qué nos hace diferentes de ellas? Ellas matan por instinto para sobrevivir. Nosotros estaríamos matando por miedo, por conveniencia. Hubo un silencio largo. Los hombres bajaron sus machetes y sus palos.
Nunca lo había pensado así, dijo uno de ellos. Yo tampoco, admitió otro. Poco a poco el grupo se fue disipando. Los hombres regresaron al pueblo guardando sus armas. Don Chuy, que había presenciado todo desde lejos, se acercó a Esperanza. Es usted, doña Esperanza. No cualquiera defiende a quienes la sacaron de su casa. Esperanza se encogió de hombros.
No las estoy defendiendo a ellas, don Chuy. Estoy defendiendo lo que es correcto. Estoy defendiendo la idea de que todos tenemos derecho a un hogar, incluso las serpientes. Esa noche, acostada en su nueva cama, Esperanza pensó en el rancho, pensó en sus paredes de adobe, en su techo de lámina, en las serpientes deslizándose silenciosamente bajo la luz de la luna y sonríó.