—¿Todo bien, señor?
—¿Usted cocinó el borrego?
—Sí.
—Es el mejor que he probado en años. Esto es comida de verdad.
Se llamaba Don Lorenzo Vidales. Arquitecto retirado. Un hombre importante, aunque no lo presumía.
La noche estaba en su punto cuando un coche conocido volvió a detenerse frente al portón.
Era Julián.
Bajó y se quedó helado al ver el jardín lleno de gente humilde, riendo, comiendo.
—¡Mamá! ¿Qué es esta locura?
—Buenas noches, hijo. Pensé que estabas en tu fiesta elegante.
—Esto es un comedor social. ¡Arruinaste todo!
—Aquí nadie pasa hambre —le dije—. Eso no arruina nada.
Don Lorenzo se levantó.
—Joven —dijo con voz firme—, su madre hoy me recordó lo que significa la dignidad.
Sacó una tarjeta.
Lorenzo Vidales
Arquitecto
El rostro de Julián se quedó pálido.
—El mundo es chico —continuó Don Lorenzo—. Y quien desprecia sus raíces, tarde o temprano se queda sin suelo donde pararse.
Julián no respondió. Dio media vuelta y se fue.