Mi hijo canceló la fiesta por vergüenza a mi casa, dejándome 80 sillas vacías, sin saber que el hombre que invité a comer destruiría su arrogancia.

Yo levanté mi copa, mirando a la gente sonreír.

Esa noche entendí algo simple y verdadero:

La comida humilde puede llenar el estómago.
Pero la dignidad…
la dignidad llena la vida entera.