Había algo en su tono —firme, definitivo— que me quemó la garganta. Dudé de todos modos, porque el miedo se vuelve costumbre.
Se acercó y bajó la voz para que solo yo lo escuchara.
—Hija, estás cojeando por la calle con mi nieto en brazos porque alguien quiere que te sientas atrapada.
Me ardieron los ojos. —No quiero una pelea.
Su expresión no se suavizó, pero sí se volvió más cálida.
—Entonces no debieron empezarla.
Tomó a Mateo con cuidado un momento para que yo pudiera subir sin torcer más el tobillo. Mateo lo miró… y, traicioneramente, le sonrió.
Papá lo aseguró en el asiento trasero con la concentración de un hombre que ya decidió que la próxima hora importa más que los sentimientos de cualquiera.
Luego se sentó al volante, las manos firmes, como si estuviera a punto de conducir directo hacia una tormenta a propósito.
Miré el camino frente a nosotros, con el corazón latiendo demasiado rápido.
Porque sabía exactamente a dónde íbamos.
Y sabía que Rosa diría que yo era “una malagradecida”.
Pero por primera vez en mucho tiempo… no me sentía sola.
El trayecto hasta la casa de los padres de Luis fue corto, pero en mi cabeza se sintió interminable.
Papá no puso la radio. No dijo nada. Solo conducía con esa calma tensa que yo conocía desde niña: la misma que tenía cuando un transformador explotaba en plena tormenta y todos corrían menos él.
Yo miraba por la ventana las calles conocidas de la colonia, las tiendas con rejas, los puestos de tacos comenzando a encender sus luces, la vida normal que seguía como si la mía no estuviera a punto de estallar.
Cuando giramos en la esquina donde vivían Rosa y don Ernesto, sentí que el aire se me quedaba atorado en el pecho.