Mi papá me vio cojeando por la calle, con mi bebé en un brazo y las bolsas del mandado en el otro, y preguntó: —¿Dónde está tu coche? Cuando susurré: —Su mamá se lo llevó… dijo que debería sentirme agradecida de que nos dejen quedarnos—, papá no discutió. Abrió la puerta del auto y dijo: —Súbete. Esta noche vamos a arreglar esto. Y ellos no tenían idea de quién era mi padre… hasta que apareciera frente a ellos y se les borrara el color del rostro.

—Papá… —susurré.

Él estacionó justo frente a la casa sin responder. Una vivienda de dos pisos, pintada de amarillo pálido, con un balcón pequeño y macetas perfectamente alineadas. Siempre impecable. Siempre ordenada. Siempre con reglas.

—Quédate aquí un segundo —dijo.

—No —respondí, sorprendiéndome a mí misma—. Si vas a entrar, yo también.

Papá me miró. No como a una niña. Como a una mujer que estaba tomando una decisión.

Asintió.

Bajó primero y rodeó el coche para ayudarme. Cuando puse el pie en el suelo, el dolor me atravesó, pero no retrocedí. Tomé aire. Mateo murmuró algo en su asiento trasero.

Rosa abrió la puerta antes de que tocáramos. Siempre estaba pendiente de la ventana.

Se quedó inmóvil al vernos.

—Camila… —su voz ya traía juicio—. ¿Qué haces aquí? ¿Y ese coche…?

Entonces vio a mi papá.

No llevaba traje. No llevaba nada elegante. Solo su uniforme de trabajo, botas con polvo y manos curtidas. Pero había algo en su postura que llenó el espacio.

—Buenas tardes —dijo él con voz firme—. Soy el padre de Camila.

Rosa parpadeó.

—Ah… —forzó una sonrisa—. Qué sorpresa.

Luis apareció detrás de ella, confundido.

—¿Qué está pasando?

Papá no levantó la voz. No necesitó hacerlo.

—Está pasando que mi hija está caminando con el tobillo hinchado, cargando a mi nieto bajo el sol, porque alguien decidió quitarle el coche.

El silencio cayó pesado.

Rosa cruzó los brazos.

—Están viviendo en mi casa —dijo con frialdad—. Aquí hay reglas.

—Las reglas no incluyen abuso —respondió papá sin titubear—. Y mucho menos quitarle el transporte a la madre de un bebé.

Luis me miró, incómodo.

—Cami, hablamos de esto…

Yo sentí algo cambiar dentro de mí. Tal vez fue el tono de mi padre. Tal vez fue el hecho de que, por primera vez, alguien estaba diciendo en voz alta lo que yo llevaba meses callando.