
Artyom se enteró del despido un viernes, justo antes del fin de semana. El jefe lo llamó a la oficina, le habló de la “optimización de personal” y la crisis del sector, le entregó la notificación y la indemnización. El ingeniero de software, de treinta años, volvió a casa con el pecho apretado, pero intentó mantenerse optimista.
—Lera, no te preocupes —le dijo a su esposa cuando volvió del trabajo—. Es temporal. En uno o dos meses encontraré algo mejor. Quizás hasta me paguen más.