Valeria, periodista de veintiocho años en un periódico local, abrazó a su marido y trató de apoyarlo. Sabía que perder el trabajo es un gran estrés. Vivían en un departamento de una sola habitación en las afueras, alquilado desde hacía tres años. Tenían lo justo para vivir, sin ahorros. El sueldo de Artyom era la base del presupuesto familiar.
—No pasa nada, saldremos adelante —lo tranquilizó Lera—. Yo también gano algo, nos las arreglaremos.
Los primeros días tras el despido, su marido realmente se volcó en la búsqueda de empleo. Rehizo su currículum, lo envió a decenas de vacantes, llamó a excolegas y conocidos. Todas las mañanas se sentaba frente al ordenador, revisaba ofertas y respondía anuncios. Lera veía su esfuerzo y lo apoyaba como podía.
Pero tras dos semanas, el entusiasmo empezó a decaer. Las respuestas eran escasas, las invitaciones a entrevistas, aún menos. Y las empresas que lo consideraban ofrecían sueldos muy bajos o condiciones inadecuadas. Artyom se frustraba, se quejaba de los empleadores y del mercado laboral.
—Están locos —refunfuñaba por las noches—. Quieren cinco años de experiencia en una tecnología que existe desde hace año y medio. Y pagan como si fuera una pasantía.
—¿Quizás deberías mirar otros campos? —sugirió Lera—. ¿O buscar algo remoto?
—Eso no es serio. Y en otros campos… soy un especialista de primera, no voy a rebajarme.
Poco a poco, el tiempo dedicado a la búsqueda de trabajo disminuyó, mientras aumentaban las pausas. Cada vez más, Artyom visitaba foros de videojuegos, leía noticias, veía reseñas. Decía que necesitaba distraerse del estrés y recargar energías.

Al final del primer mes de desempleo, buscar trabajo era ya una formalidad. Artyom seguía sentándose al ordenador cada mañana, pero en vez de abrir su currículum, abría un juego online. Podía pasar seis u ocho horas seguidas jugando, solo interrumpiendo para mirar por encima nuevas vacantes.