—¿Tres años de matrimonio no significan nada para ti?
—Sí, pero los últimos tres meses muestran que solo irá a peor.
Lera llamó un taxi y Artyom se fue a casa de su madre. Al día siguiente, cambió la cerradura.
Ahora, en el pequeño departamento, vivía una mujer que sabía valorar su propio trabajo y no permitía que nadie lo devaluara. El apartamento se volvió más tranquilo y mucho más prometedor.
El divorcio se finalizó mes y medio después. Artyom intentó retrasarlo, pero acabó aceptando. No había nada que repartir.
Seis meses después, Lera supo que su exmarido seguía sin trabajo fijo, viviendo con su madre y quejándose de la “crueldad” de su exesposa. Ella no sentía ni rabia ni lástima. Solo indiferencia hacia un hombre que eligió ser un perdedor.
Por su parte, Lera amplió su trabajo freelance, consiguió clientes regulares, aumentó sus ingresos, se mudó a un apartamento mejor y empezó a ahorrar para uno propio. La vida sin un dependiente resultó no solo más tranquila, sino mucho más prometedora.