Según la BIBLIA quienes tienen GATOS en casa…ver más

—¿De dónde sacaste el dinero para eso? —preguntó, sospechando.

—Me salió un buen encargo —respondió Lera con calma.

—¿Qué encargo? ¿De dónde sale tanto dinero?

—Escribo textos para webs en mi tiempo libre.

Artyom empezó a sospechar. ¿Y si ese “trabajo extra” era solo una tapadera? ¿Y si Lera tenía un “benefactor”?

—Enséñame ese encargo —exigió—. Quiero ver qué trabajo es tan lucrativo.

—¿No confías en mí?

—Me parece sospechoso que la esposa gane más que el marido.

—¿Y cuánto ha ganado el marido en los últimos tres meses? —replicó ella, con voz fría.

Artyom no supo qué responder. Lera le mostró todos los documentos, pagos y chats con clientes. Todo era trabajo real.

—¿Has aportado algo más que críticas? —preguntó ella, cerrando el portátil.

Artyom no supo qué decir. Lera recogió sus cosas y se fue al dormitorio, dejando claro que la situación había llegado al límite.

Al día siguiente, Artyom descubrió que ya no podía acceder a las cuentas bancarias familiares: Lera había cambiado las contraseñas.

—¿Qué pasa con nuestras cuentas? —preguntó esa noche.

—¿Nuestras? ¿Qué hay de “nuestro” en ese dinero? —respondió ella.

—Somos una familia, todo debe ser compartido.

—Lo que debe compartirse es la participación. Ahora mismo, solo participas en gastar, no en ganar.

Una semana después, Artyom intentó reconciliarse, cocinó y le pidió disculpas. Pero Lera le dejó claro que un gesto no arreglaba nada.

—Tuviste tres meses. ¿Qué cambió en ese tiempo?

No hubo respuesta. El viernes, Lera se tomó dos días libres, preparó una maleta y dejó una nota: “Necesito un espacio donde nadie devalúe mi esfuerzo. Vuelvo el lunes.” Se fue a una cabaña junto a un lago.

Al volver, encontró una lista de quejas de Artyom sobre sus “gastos injustificados”. Lera la tiró a la basura. Todo el dinero lo había ganado ella.

Al día siguiente fue a ver a una abogada para iniciar el divorcio. No había bienes que repartir.

—El divorcio por mutuo acuerdo tarda un mes —explicó la abogada—. Si él no acepta, puede alargarse dos o tres meses.

—No aceptará —suspiró Lera—. Le conviene demasiado.

Esa noche, Lera le comunicó su decisión a Artyom.

—Voy a divorciarme. Ya he empezado los trámites.

—¿Así, de repente? ¿Por una discusión?

—No por una discusión. Por tres meses de vivir a costa ajena y no querer cambiar.

Artyom intentó jugar con su compasión, pero Lera no cedió. Una semana después, al ver que perdía el control, él prometió cambiar, pero ya era tarde.

—Tuviste tres meses de oportunidades —dijo Lera, haciendo la maleta de él—. Cada día era una oportunidad de cambiar algo.